lunes, 4 de enero de 2010

Caos.

Es extraño. Miras tu foto y de repente te das cuentas de que ya no eres esa, y no consigues recordar que debía de pensar esa niña de la fotografía. Parece feliz allí, en ese columpio, vestida de arlequín y con rombos en la cara. Supongo que lo sería, en ese momento, ese día o incluso esa época. O eso me han dicho: que cuando era pequeña y estaba de vacaciones en ese pueblo mi abuela me solía preguntar “¿eres feliz?” y yo, sin dudarlo siquiera, gritaba un “!sí!” sonoro y definitivo. Estaba claro. Era lo que sentía en ese instante y lo gritaba orgullosa en cuanto me lo preguntaban. Simple y llanamente. Sin rodeos, sin sopesar los pros y los contras, si esa alegría tenía sentido o si se desvanecería tarde o temprano. ¿Porqué eso ya no es posible? No es que ahora deba o quiera esconder mis sentimientos, simplemente no son tan sencillos. ¿Pero es que acaso han aumentado el catálogo? Son los mismos, pero mi cerebro actúa como un bibliotecario distraído que no está seguro del estante en que debe colocar cada libro. O quizá el despistado sea quién coloca las etiquetas.

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