sábado, 28 de noviembre de 2009

El momento de verte una vez más


Bajo del coche y cierro la puerta sin dejar de mirar al otro extremo de la calle. Espero tu llegada. La ciudad se empequeñece, se hace concreta y pierde su amplitud al conformarse con existir en los metros que me rodean, los que forman el espacio que han de alcanzar tus pasos cuanto tu presencia sea real. Te espero a lo largo de unos minutos, en los que nerviosa, mi corazón se agita. La gente, con rostros, sin nombres y apellidos, salpica la calle de pasos. Mis ojos te buscan en sus siluetas durante breves instantes que se quiebran al no reconocer tu piel en ellos. Nadie eres tú. Ninguno de ellos toma tu cuerpo. No hay rostro que sea tu identidad. Mi mirada intenta verte en ellos, aún sabiendo que no son ellos quien tú eres. Comienza a dibujarse el perfil de tu cuerpo en la distancia próxima. Tu sonrisa es un signo inequívoco que incita a mi corazón. Te espero y llegas. Te aguardo y eres tú quien da a la ciudad su sentido más intenso. Llegan tus ojos concisos, tu caminar agitado, la abertura justa de tu boca al pronunciar la primera palabra. Llega tu abrazo, la forma en la que mi cintura se adapta a tus manos y tu cuerpo recibe mi latir inicial...

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