Su lengua arde ahora y sus manos recorren mi espalda. Reabro los ojos. Él los ha cerrado firmemente, pronuncia dentro de mis labios la frase de la cual he estado pendiente como una araña de su hilo:
-Te amo niña, te amo.
Nuestros cuerpos ya no son dos imánes rígidos, fundidos en el bravío remolino del temporal. Su cuerpo transita por el mío. El mío deambula por el de él. Somos dos que sentimos ser uno. Lamemos nuestro viejo sudor, y reconocemos nuestros antiguos olores, los perfumes naturales de la piel.
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