lunes, 15 de febrero de 2010

Ellas funcionan como vía directa, y sin escalas, a la esencia de cada uno; nunca dicen lo que deben decir, siempre dicen lo único que pueden decir, que es, ni mas ni menos, la verdad del corazón. En la mirada se imprime lo más personal de cada uno, con reflejos o matices que funcionan como letras y sílabas del lenguaje del alma. Son representaciones que alberga tanta magia como miserio. No por nada se las considera ventanas a nuestro espíritu, mirillas por donde uno puede espiar los sentimientos de las personas. En ellas se hace corpóreo lo intangible cuando se cristalizan: cuando una alegría o una tristeza es tan grande que nuestra alma explora dentro de nosotros, y la fuerza es irresistible para nuestro cuerpo, entonces comienza a derretirse nuestra mirada en forma de llanto. Las miradas fascinan por su encanto, por su transparencia, por su poder de enamorar en segundos, de cautivar en milésimas, y de pedir perdon en un tiempo que los relojes aún no pueden medir.

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